NUEVO LIBRO SOBRE JESUCRISTO: 'POR CRISTO, CON ÉL Y EN ÉL'
(El 26 de junio se celebra la festividad de san Josemaría Escrivá. Reproducimos parte de un capítulo, a su vez tomado de una charla a seminaristas de Logroño, que dirigió el actual Prelado, Mons. Javier Echevarría, el 18 de enero de 2003, a petición del obispo de la diócesis Mons Ramón Búa)
Identidad del sacerdote
Comenzaré mi intervención con unas palabras que San Josemaría solía dirigir a los recién ordenados, pero que nos sirven también ‑y quizá más especialmente‑ a quienes llevamos muchos años de sacerdocio. Decía: sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes.
En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres ‑que eso somos todos delante del Señor son constituidos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor 4, l).
Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser sacerdote de Jesucristo.
Los santos, desde los tiempos más antiguos, se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio. Varios Papas ‑entre los que recuerdo especialmente a San Pío X, a Pío XI y al actual Romano Pontífice‑ han escrito documentos inolvidables, que han alimentado y continúan alimentando nuestra vida sacerdotal. También San Josemaría nos ha dejado su enseñanza. En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: -Ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas ‑más que Ella sólo Dios‑ trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura.
El sentido de la grandeza del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años.
Como bien sabéis, fue en Logroño, en diciembre de 1917 o enero de 1918, donde el adolescente Josemaría Escrivá tuvo los primeros. presentimientos ‑de barruntos, los calificaba‑ de que el Señor le llamaba para algo que no sabia lo que era. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante esa acción de Dios, con el fin de prepararse mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar en el Seminario.
Con toda verdad podía afirmar, pasados los años, que el arranque de su vocación sacerdotal había sido una llamada de Dios, un barrunto de amor, un enamoramiento de un chico de quince o dieciséis años. En el Seminario de Logroño recibió la primera formación sacerdotal, que luego completaría en Zaragoza. Dios quería que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón de sacerdote preparado a fondo para acogerla y hacerla fructificar.
Por eso, con agradecimiento a Nuestro Señor, San Josemaría afirmaba que su vocación era ‑dejadme que insista‑ la de ser sacerdote, sólo sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura esta condición que, configurándolo con Cristo, le había preparado para ser instrumento, en manos de Dios, para la fundación del Opus Dei.
Don y tarea
Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen una vida honesta. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría.
Entendemos, con toda la tradición eclesiástica ‑escribía en 1945‑, que el sacerdocio pide ‑por las funciones sagradas que le competen‑ algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos ‑como están‑ en mediadores entre Dios y los hombres".
Josemaría Escrivá había recibido, en el seno de su familia y en el colegio, una formación profundamente cristiana, que comprendía el conocimiento de la doctrina, la frecuencia de sacramentos, la preocupación concreta por las necesidades espirituales y materiales de las personas, como ponen de relieve testigos de aquella época.
Al recibir la llamada divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio radical, en el sentido de que aumentó la intensidad y frecuencia de su trato con Dios y su preocupación apostólica por los demás. Esto le llevó a una madurez impropia de los años pero sobrenaturalmente lógica. Se cumplía en su vida lo que afirma la Sagrada Escritura: super senes intellexi quia mandata tua servavi, he adquirido más prudencia que los ancianos porque he guardado fielmente tus mandamientos. Desde aquellos barruntos, el adolescente Josemaría empezó a tomarse en serio la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente la Voluntad de Dios.